Sé que cuando el libro de mi vida se cierre, mis hijos serán el capítulo más bello.

Cuando todavía era adolescente alguien me dijo: “Vas a saber lo que es amar de verdad, el día que tengas un hijo”.

En ese momento, me resultó algo muy importante, pero cuando ese día llegó, me volvió a la memoria esta verdad tan grande y sólo puedo decir que nada podría ser más cierto.

Para quienes deseamos toda la vida formar una familia, la llegada de los hijos es un momento sublime. Ninguno se parece a otro. Cada uno de ellos es un pequeño milagro y una alegría inmensa, al mismo tiempo que un orgullo enorme pensar que le hemos dado la vida a otro ser que se convirtió en el centro de nuestra existencia.

Aunque a veces nos enojemos, los reprendamos o les marquemos el camino de manera un poco brusca, sabemos que los amamos y que son lo mejor que nos ha sucedido en la vida.

Vivimos en una época en la que hay que ser muy valiente para ser padre o madre, y más si las circunstancias de la vida nos han obligado a criar a nuestros hijos solos, tan sólo con la ayuda del resto de la familia y los amigos.

Eso hace que muchas veces no tengamos el tiempo suficiente para dedicarles, o la calidad de tiempo no sea la que ellos merecen. Nos vemos obligados a trabajar muchas horas, a estar ausentes en momentos en que nos necesitan e incluso las presiones que tenemos nos hacen mostrarnos irritables porque las situaciones no superan. Esto es injusto para nuestros hijos y lo sabemos.

Pero lo importante, es que haya una actitud, un gesto, una palabra; que les haga saber que son lo más importante y que además de padres, somos personas con defectos y virtudes y que a veces nos equivocamos.

Somos sus referentes, somos un punto de apoyo, somos la mano amiga y comprensiva que siempre va a ayudar de manera desinteresada y va a escuchar sin juzgar. Debemos convertirnos en el puerto seguro al que lleguen esperanzados de encontrar alivio y tranquilidad.

“Chicos chicos, problemas chicos. Chicos grandes, problemas grandes”, dice el refrán… Nuestros hijos siempre serán nuestros “pequeños niños” aunque tengan 10 años ó 40.

Aunque nunca lo reconozcan o lo digan abiertamente, siempre necesitarán de mamá y papá y cumpliendo con nuestro rol de padres, que nunca termina, estaremos allí para dar un sano consejo, para escuchar y para ayudar en lo que podamos.

Alguien dijo que “quien no tiene hijos, vive tranquilo; pero quien tiene hijos, vive feliz”. Es cierto que ser padres es un desafío.

Existen momentos en los que nos desesperamos un poco, no sabemos qué hacer, nos angustiamos e incluso nos privamos de algunos placeres por darles todo a ellos, pero nada nos hace más felices que verlos felices y ese es el mejor regalo que podemos recibir de la vida.

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